Ya venía yo queriendo escribir sobre el 2008. En este año el arte local sufrió una transformación de apertura que parece no haber servido de nada. Me sirven a mi de perfecto pretexto las siguientes palabras que Dolores Garnica publicó en el periódico Público el martes 16 de diciembre:
Firulais, en el Museo de la Ciudad. Vasto compilado de más de 50 artistas visuales tapatíos. Curaduría forzada para “ajustar” el arte al discurso del homenaje al célebre payaso tapatío. Cristián Silva merece un aplauso por lograr meter más de 30 piezas a una sala, aunque quince de esas ya las hayamos visto en otras exposiciones. Firulais es una muestra con algunas, poquísimas, buenas nuevas piezas, y la mayoría sin ninguna relación con el payaso, así que sugiero recorrerla intercambiando el “¿Dónde está Wally?” por “¿Dónde está lo nuevo?”
Casi al final del año, se presentó esta muestra que, acordando con Garnica, gira en torno al payaso Firulais, fue curada por Cristián Silva y participaron más de 50 artistas. Pero en desacuerdo con ella, habría que señalar que el discurso de la muestra no termina sólo en un homenaje al payaso, sino que es posible hacer una lectura más profunda del asunto. Me serviré en citar los párrafos que me parecen indispensables para llegar a un mayor acercamiento a la esencia de esta muestra:
Desde que el ser humano vive agrupado en comunidades, siempre ha habido individuos destinados a ejercer una función que, si bien no es estrictamente práctica ni funcional, resulta casi indispensable.
Ya sea por sus conocimientos curativos, por su aguda capacidad de observación y de conexión entre el más allá y el más acá, ya sea por su ingenio, curiosidad, sensibilidad, audacia, sabiduría o extravagancia, las sociedades siempre han requerido de estos agentes encargados de enriquecer las condiciones espirituales de los hombres; personajes que representan, al mismo tiempo, un punto común que está en medio de todos nosotros y un punto desconocido y misterioso que se encuentra completamente fuera de nuestro entorno.
Nos referimos a quienes, unidos por una raíz común, han sido catalogados a lo largo del tiempo y de las culturas como chamanes, brujos, curanderos, bardos, oradores, alquimistas, sacerdotes, magos, arlequines, bufones, payasos, comediantes o artistas.
1Después, el breve ensayo continúa refiriéndose a la carta del Tarot llamada El Loco, el cuál es presentado como un “iniciado”, y termina vinculando a Firulais con estas descripciones. Efectivamente califica al personaje como un iniciado social, pero es en realidad el pretexto para hablar de sí mismo: del arte. Cualquier artista invitado a la muestra que haya entendido el enunciado que se plantea tan claramente, se pudo sentir en libertad de no resignarse a hacer un retrato de Firulais, sino probablemente de sí mismo o del ejercicio en sí que haría. La labor curatorial entonces se concretó en incorporar dichos trabajos dentro de “la historia de la ciudad”, al interior de, valga la redundancia, la colección patrimonial del Museo de la Ciudad a cargo de contar la historia de Guadalajara. Y así es que
Firulais (Fragmentos selectos de la historia reciente de Guadalajara) es una exposición que hace un retrato de la situación del arte actual, incrustado en un determinado contexto: Guadalajara coma Jalisco coma México en el año del 2008. Todo esto, sin nunca dejar de mencionar al payaso “homenajeado“: no hay ningún “letrero” (párrafos con extractos de la autobiografía de Firulais dentro de las salas) que haya sido colocado casualmente. En esta muestra, también en desacuerdo con Garnica, no se trata de andar encontrando la pieza contemporánea, sino de ver todas las propuestas como parte de un solo discurso; los textos en salas dan la clave para hacer una conexión entre un tiempo y otro, entre un estrato y otro. Lo plausible de Silva no es nada más haber podido “meter” tantas piezas en una sola sala, sino que además logró que convivieran y relataran una nueva historia, una que nos concierne más, que no es monotemática, que se lee desde diferentes ángulos y no pierde su coherencia; pero que tampoco es nada complicada, es directa y sencilla, cosa sólo de poner atención.
Y ésta es la exposición más grande con la que cierra el año. Incluye artistas que han sido catalogados por los colectivos o asociaciones en las que han participado, otros más jóvenes y casi desconocidos, o algunos de antaño. No se puede decir que ninguno sea contemporáneo, independientemente a la técnica que utilice, su discurso es vigente en el relato de los “locos” que tienen mayor propuesta discursiva en el arte de la ciudad. Y sus obras mantienen diálogo con la tradición jalisciense, que también es, otra vez, representada por la figura de Firulais, pero quién, de pronto, ya está en segundo término. Hubiera sido una lástima ver nada más retratos figurativos del payaso (de perfil, tres cuartos, llorando, alegre, en su esquina tirado), como sucedió con la mayoría de las obras expuestas en el Cabañas con motivo del homenaje a J.C. Orozco, y que se abrió una semana antes. Ahí, se invitaron a la mayoría de los pintores jaliscienses y a algunos “contemporáneos” —entrecomillo, ya que sabemos que todos son contemporáneos, pero en esta localidad es como se distingue entre un autor con temas actuales y otro reminiscente de corrientes viejas—. En términos generales, da la impresión que el homenaje a Orozco no se preocupó por interpretar o revisar la relevancia del artista actualmente, sino que sin mayor lectura de esto, la mayoría de los participantes se limitaron a retratarlo. Pero fue notable una obra, no por su calidad, no por la propuesta temática, sino por el claro reflejo de la gran confusión que hay ante el tema del arte contemporáneo. Ya dije en este párrafo —entre líneas— lo que para mi es la sencilla diferencia; sin embargo el autor del cuadro al que me refiero, Dale Kaplan, y sabemos que muchos más (la mayoría, de hecho), interpreta esta diferencia como grupos de poder que se auto-benefician entre sí por parentescos familiares o políticos. Y ya, para él, eso es todo, no hay más. Fuera de que haya una parte cierta, olvida de manera incauta leer el arte que las personas retratadas en su cuadro apoyan, que puede que estén diciendo algo más allá que la mayoría de los retratos, o imitadores de la técnica de Orozco.
La descripción del cuadro es la siguiente: dentro de la cúpula donde Orozco pintó
El Hombre de Fuego, está (presentado como un gran absurdo) el Ferrari que Lebrija fotografió anteriormente en ese espacio; lo rodean Patrick Charpenel, los hermanos Tomás y Aurelio López Rocha, Elena Matute con una copa de vino en la misma posición en la que está su padre esculpido en la Av. Vallarta, otros poderíos de la política y la religión que yo no alcanzo a reconocer, y en el fondo lo mejor: como el sol naciente se asoma un balón de futbol con rayos rojos, tal como son las Chivas Rayadas del Club Guadalajara y que no me recuerdan más que al grandísimo e ilustre dueño de tal Club: Jorge Vergara. Es en este punto donde no me importa no reconocer a los demás personajes, puesto que ya es evidente que la interpretación de los hechos es completamente errónea, en el sentido de querer meter a todos los gatos al mismo costal: Jorge Vergara, para el momento en el que el cuadro debió ser pintado, no podía estar más descalificado por estos grupos de poder artístico.
Recapitulemos: Hace poco más de un año a J. Vergara le dio por acercarse al arte. Le da esa cosa de vez en cuando, pero ahora quería que fuera bien en serio y sobre todo a lo grande. Pero más bien le dio por ahí a su mujer de aquél momento, Rossana Lerdo de Tejada, quién había trabajado anteriormente en una de las galerías más poderosas: Gagossian, en Nueva York. Ahí fue precisamente donde Lerdo de Tejada y Vergara se conocieron. El entusiasmo de ella pareció que había terminado no sólo de convencer a Vergara en adquirir obras, sino de abrir un tan necesario espacio de arte contemporáneo en Guadalajara que no se estuviera autoreflejando a si mismo y sin ver el tiempo correr, sino que pudiera ofrecer exposiciones mundiales con el arte más propositivo que se estuviera produciendo. Esto con la finalidad de que la ciudad pudiera tener un mejor acercamiento a las corrientes actuales. Parecía improbable que Vergara hubiera tenido esa inquietud, a menos de que funcionara para su megalomanía; pero como fuera, La Planta, Arte Contemporáneo Omnilife, abrió en noviembre del 2007 y sólo se pudo ver una exposición en ella durante los nueve meses que duró abierta (la exposición YÄQ duró tres meses). Se dieron algunos cursos, se proyectaron películas y la biblioteca de arte contemporáneo estaba a disposición gratuita del público. Pero el programa expositivo no avanzaba por una sencillísima razón: Vergara cambió de mujer, y como en realidad le preocupaba muy poco el arte y a la nueva consorte le fue importantísimo subir y subir ventas en Omnilife (cuál decimonónica empresa), pero sobre todo acabar con la imagen de la pasada, el museo cerró y a quién le importa lo que yo haga con mi dinero. Así de grave es la incomprensión con respecto a la producción artística que ocurre justo ahora en el mundo y que es coherente con el tiempo en el que vivimos. Son más de 50 años de desconocimiento total sobre lo que se ha estado haciendo y parece que a pocos les importa ver el reflejo del mundo en el que se vive, hecho por esta bola de “locos” (aquellos imprescindibles personajes de los que Silva habla, a la mayoría de la comunidad jalisciense le vale). Por eso, cuando van a la exposición de Firulais, creyendo entender muy bien que el arte contemporáneo se trata de cosas nuevas, cosas nuevas, olvida que es en realidad una relación entre lo que hay y lo que hubo, entre lo que se pensó y lo que se está pensando (en un primer acercamiento, claro está, pero ni siquiera se ha podido llegar a eso).
Simple as that.
AGM
Y en la galería Curro y Poncho (Curro, quien es sobrino de J. Vergara), manejada por Lulú Armendáriz, acaba de abrir la exposición If you leave me, can I go with you? de Artemio. Es una exposición muy interesante, aunque como siempre, se agradecerían cédulas.
1 El texto completo se podrá leer en las paredes del Museo de la Ciudad hasta febrero del 2009.